“Confesiones para internet”
"Confesiones para internet"
Aquellos ejercicios espirituales.
A mis 13 años, en un seminario católico y enamorado de Jesús y queriendo hacer las cosas lo mejor posible, en una confesión después de oir pláticas de cómo un joven puede vivir en santidad y decidir ayudar a los demás; las risas de un sacerdote al decirle "yo quiero ser santo", le fueron motivo tal vez de sorpresa y de compasión y de burla, aunque no fueran malintencionadas.
El llevar tres días de ejercicios espirituales, oyendo sermones e historias de santidad y más santidad, cuando como niño y joven adolescente era mi entender que tal vez valdría la pena no pecar y hacer obscenidades, y que el verlas hechas por los demás me apartaran de ellas. Ya que se decía que Dios lo veía todo.
El religioso era un hombre maduro y pienso que en su trayectoria de confesor le sería original que alguien se creyera de verdad lo que él decía y proclamaba, al hablar de un niño que decían era santo y llamado Domingo Sabio.
La respuesta del sacerdote al parecer conocedor de las verdades evangélicas y de las voces que por la conciencia pasan, quiso expresar al contestarme una vez que yo le dijo aquello, en sus continuadas muecas de asombro y risa vejatoria, "eso es imposible, lo de ser santo". Me quedé
espiritualmente asustado, ya que eran días de eso, de santidad. Querer ser un pastor de almas, y educar y evangelizar, y hasta algún día partir como misionero eran mis ilusiones adolescentes, y aunque no llegaron con los años en una trayectoria católica, sí llegaron y sin rebeldías ni Luteranas ni Calvinistas a serlo.
A raíz de esta circunstancia, se marcaron las posiciones de rodillas y en cuclillas delante de un llamado ministro de Dios introducido en una caja para él santa, y afirmo que él no sabía lo que decía.
En mi corazón y mi alma sus palabras no me fueron ni válidas ni precisas, me derribaron; entiendo que si no veía no podía darme vista. Si hoy le pudiese comentar personalmente, le diría que realmente sus risas las recuerdo como del mismísimo diablo. Actualmente puedo comprender cuántas risas inquisitoriales perdieron y asesinaron a miles de almas, física y psíquicamente.
Ahora pasados los años, y habiendo sido experto hasta en la antisantidad con mis incógnitas del porqué del posible infierno, me hacen estar más cerca del cielo.
La risa en aquella confesión no fue fortuita, porque puedo decir que no sabía aquel hombre lo que era la santidad.
Es dilema para un creyente decidir entre el bien y el mal, si está dispuesto a vivir más en la balanza de la bondad.
El hacer de sacerdote o psicólogo o psiquiatra sobre un trono, siendo Judas o Caifás o Caín su dueño es muy delicado porque te hace partícipe del juicio.
Pasados más de cuarenta años desde aquella confesión he aprendido muchas cosas. Términos como penitencia y sacrificio y derivados eclesiásticos, y el ser cura sin serlo a mis 56 años me hacen decirle en los recuerdos, mire: "Lo suyo no era el ser confesor".
La fe es así y el que busca encuentra.
Y podrían decirme, -y quién te dijo que habías de confesarte y de querer santo-. Y les responderé que no me quedé con los interrogantes por callada, que conocí el verdadero evangelio donde dice: "sed santos porque yo soy santo" y que "sin santidad nadie verá al Señor".
Antonio Martinez de Ubeda
